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El juego de la vida

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El juego de la vida

Recuerdo cuando era niña y jugaba a ser mayor. El juego siempre era divertido. Me divertía simulando que iba a comprar o a trabajar, o que salía con mis amigos. Podía discutir con mis compañeros de juego, pero al final todo quedaba bien, no había rencor, nadie se enfadaba con nadie. Al volver a casa, quedaba una sensación de paz, de plenitud, de disponibilidad para volver a jugar en cuanto hubiera la ocasión.

 

Ahora, mi vida la podría vivir exactamente igual, de no ser porque hay una serie de hábitos que me lo impiden. Realmente, la vida no ha cambiado mucho, lo único que ha cambiado es la importancia que le doy. Si tuviera la capacidad para restar importancia a todo lo que sucede, podría vivirlo todo como cuando jugaba de niña. Y así, el ir a trabajar sería jugar a que trabajo, el ir a comprar sería jugar a que compro y el salir con mis amigos sería jugar a que salgo. Sólo que ahora los elementos del juego son más reales, puesto que antes todo se basaba en la imaginación. Ahora, las situaciones se están planteando realmente, no se basan en un planteamiento imaginario, pero ¿qué hay que perder? Nada, exactamente igual que cuando jugaba de niña.

 

¿Significaría eso que tendría que volverme irresponsable y olvidar el aprendizaje de todos estos años? No, eso no tiene nada que ver con jugar. Hay unas reglas del juego: a cada acción le corresponde una consecuencia. Muchas de esas consecuencias ya las he aprendido y muchas otras aún las tengo que aprender. Pero sigue siendo un juego; un juego, si se quiere, apropiado para cierto grado de madurez. No se puede jugar a lo mismo con cinco años que con diez, a cada grado de madurez le corresponde un juego distinto.

 

Lo primero que debería ver es si estoy jugando o no. Estar jugando es relativizarlo todo, tener la capacidad de restar importancia a las cosas, de no obsesionarse con nada, de no enfadarse ni deprimirse ni entristecerse por nada. Aceptar con buen humor que a veces se gana y a veces se pierde, y saber que en realidad nadie gana ni pierde nada. Todos los fallos que uno tenga son un aprendizaje para poder pasar al siguiente nivel de juego, porque la vida conlleva eso continuamente: ir adquiriendo un aprendizaje e ir ganando en madurez.

 

En cada momento se inicia un nuevo juego, si se tiene la capacidad para verlo así. El que juega está constantemente olvidando el pasado y poniendo toda la atención en lo nuevo que trae la vida, en la nueva partida que se inicia ahora, en este instante.

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