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Dos posibles modos de vivir

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Dos posibles modos de vivir

No hay más que dos posibles modos de vivir. Uno es el ya conocido, el habitual, el que se observa más comúnmente entre las personas: vivir hipnotizado. Hipnotizado creyendo ser esta pequeña persona limitada, que percibe un mundo fragmentado y en el que muchas veces todo parece funcionar al revés de como debería. Hipnotizado creyendo que seré feliz cuando consiga todos mis ideales, cuando consiga expandir, en mayor o menor medida, la conciencia que tengo de mí mismo, y percibirme así un poco menos limitado.

Pero hay otro modo de vivir, vivir mirando hacia dentro. Esto es equivalente a vivir amando a Dios. El amor a Dios es una bendición, un don, una gracia. No se es mejor ni peor porque se haya recibido ese regalo, no puedo ni deseo explicar por qué sucede, sucede sin más. Precisamente esa es la característica del amor, que no tiene explicación ni lógica alguna. Cuando lo explicamos pasamos ya al terreno de la inteligencia.

El amor a Dios simplemente se experimenta y se siente más allá de toda lógica y estrategia del ego (la persona o el personaje que creo ser). Ese amor puede hacer que en un momento dado abandone todas mis viejas creencias y me atreva a vivir como si naciera de nuevo, como si esta mente volviera a estar virgen, como si jamás hubiera sido contaminada por ninguna idea errónea. Vivir con una confianza plena en que sucede lo que debe suceder, en que todo está bien, en que tendré siempre de todo, aunque en la forma más adecuada para mí, y no necesariamente de la manera que a mí, como ego andante, me gustaría. Como correspondencia exacta de mi amor por Él, Dios me da todo lo que necesito en cada preciso momento. Incluso si lo que más necesito es desilusionarme. Me puede parecer, entonces, que Dios me tiene manía, pero realmente soy afortunado si todas las ideas, si todas las creencias a las que estoy enganchado, se están cayendo. Porque si me desilusiono de toda búsqueda del ego, éste se rendirá. Finalmente, dejará de buscar. Y así podré entregarme a Dios por completo.

El amor a Dios permite trasladar la relevancia, el eje fundamental de la vida a lo ilimitado, a lo infinito, a lo eterno. A aquello que puedo intuir como la expresión máxima de toda cualidad. Se empieza a intuir que, como decía al principio, hay otro modo de vivir, muy diferente del que conozco. Y eso hace que vuelva la mirada hacia otro lugar. Así, en vez de mirar hacia fuera, empiezo a buscar dentro, empiezo a interesarme por lo sutil y empiezo a descubrir todo un mundo invisible que siempre ha estado ahí, pero no le he prestado nunca atención. Y cuanto más al detalle voy conociendo este mundo interior, más me desintereso por lo exterior, por el mundo de las apariencias, porque me doy cuenta de la poca consistencia que tiene por sí solo. Porque veo que en definitiva toda búsqueda de algo externo a mí, en realidad es una expresión, una proyección hacia fuera de algo que ya está dentro. El ego deja de buscar en el momento en que percibe esto claramente.

Esto no suele ser cosa de un día ni de dos. Parece que, por regla general, suele haber un proceso prolongado en el tiempo en el que progresivamente se va intensificando este amor a Dios. En el momento en que vivo alguna expansión de conciencia, en el grado que sea, me puede dar la impresión de que ese estado se va a mantener siempre. Pero por desgracia, la fuerza de la identificación suele hacer que vuelva una y otra vez a creerme que soy esta personita. Por eso el amor a Dios se va fortaleciendo a base de confianza, la misma confianza de un niño, que no se plantea metas pero aun así va creciendo y va desarrollando sus capacidades potenciales.

No puedo amar mucho a un dios que me parezca lejano, poco accesible, y del que tenga tan sólo una vaga idea. Necesito pasar por un proceso de progresivo acercamiento a Dios, en el que cada vez lo perciba como algo más real, tangible y accesible, algo muy cercano, algo muy mío. Y ese proceso es pura dinamita para mi manera habitual de ver el mundo, basada en la falsa creencia de que soy alguien separado, de que en el mundo existe la dualidad. No obstante, si durante todos mis años de vida he estado reafirmando continuamente esa idea errónea del mundo, es comprensible que dure también años el proceso inverso.

La idea errónea que tengo del mundo es también la responsable de que, en algunos momentos, me invada la desesperanza y me parezca utópico llegar algún día a establecerme en el amor a Dios. Pero, en definitiva, Dios es lo que soy como realidad esencial, y es inevitable que me acerque a Él a pesar de toda lógica o razonamiento mental que me intente disuadir de ello. Aunque mentalmente no se haya reafirmado lo suficiente, hay una intuición, algo que me empuja desde dentro a tener confianza y fe en que ese proceso ya está en marcha, en que no hay ningún motivo por el que alarmarse, en que el ego se rendirá a su debido tiempo. Porque ese algo, en definitiva, no es otra cosa que Dios, que trata de expresarse y reconocerse a Sí mismo a través de este aparente proceso temporal.

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